San Miguel de Arcangel

Madre de Buena Huella Iria de la Santa Pasión

No es necesario ser Picasso para ser pintor; ni se deja de ser un coche por no ser un Ferrari. Yo siempre pensé que ser religiosa era para “Picassos” o “Ferrraris” de la fe, para personas que Dios elegía por ser los mejores, los que más le aman y por supuesto los que menos pecan.

Durante quince años caminé por la vida tratando de ser “buena”, más bien me esforzaba en parecerlo sin importar demasiado que fuese o no verdad. Mi débil fe estaba ligada a las abuelas a las que debía acompañar a Misa cada domingo, pero así como asomó la adolescencia también a eso me negaba pues era mayor y libre de decidir.

Así comenzó mi alejamiento cada vez mayor de la fe que llegó hasta la certeza de que Jesucristo no era más que una tradición… cosas de abuelas. Y conforme se apagaba la fe crecía el pecado, por supuesto… eso sí, seguía tratando de parecer “buena”, y de hacer todo lo que se suponía debía hacer. Vivir así, sin fe, sin más meta en la vida que ser alabada por los demás, me hacía ser profundamente infeliz; siempre en silencio, llena de complejos, de miedos y de una tristeza que nada era capaz de borrar.

¡Un cristiano! ¡Un verdadero seguidor de Jesucristo! ¡Un alma entregada de verdad que nada más conocerme decidió poner toda su oración y su sacrificio para rescatarme de esa vida vacía y estéril! Ese fue el mayor descubrimiento de mi vida… No era una historia de abuelas; en Miguel, el fundador de la Orden y Mandato de San Miguel Arcángel, encontré a alguien empeñado en seguir una por una las Huellas de Jesucristo sin importar los sacrificios o los sufrimientos que ello supusiera.

¡No daba crédito!  Ahora sí que mi vida se rompía en dos… ¡Ni siquiera parecer “buena” tenía sentido! ¡Dios lo ve todo! Comenzó entonces un camino muy largo, no voy a mentir, para salir de mi oscura cueva y caminar hacia una luz nueva que nunca antes había querido ver… Dios.
Como estas películas en las que en un segundo está la clave, la diferencia entre un final trágico o un final feliz… Así fue para mí el momento de conocer a Miguel que cambió el rumbo de mi vida de un camino de tristeza y egoísmo condenado a terminar en depresiones y pastillas  por un nuevo camino lleno de retos, de sueños y del Amor de Dios, para mí desconocido.

Justo en el momento en que comenzaba a caminar la Orden y Mandato de San Miguel Arcángel para gloria de Dios… ahí quiso ponerme el Señor en su Misericordia. Al principio; un pulpo en un garaje. No entendía nada, todo era para mí imposible, inalcanzable… un reto. El primero, cantar… ¡qué vergüenza! Después hablar en público… ¡yo no sirvo para eso! Pues busca la fuerza para cantar y hablar en la oración, me aconsejaba Miguel… ¿Rezar yo? ¡Si todavía no sé si creo!
Nada salía según mis planes; pero eran los planes de Dios. No conseguía decir que no a nada; aunque en realidad no quería hacer nada de lo que se me proponía… ¡Y me sentía feliz! ¡Brillaba en mi rostro una sonrisa y por dentro me sentía llena, contenta… como enamorada!

La paciencia infinita de Miguel nunca sabré agradecerla bastante; desmenuzando el catecismo como cuando se le da un bistec a un niño pequeño… ¡Comenzamos con el Catecismo de Primera Comunión!  Y poco a poco con su ejemplo y oración  como armas, me fue enseñando a caminar siguiendo las Huellas de Jesucristo… pisando tras la Buena Huella, la única que merece la pena.

Pasaban los años, crecía mi fe… ¡Era feliz! Pero seguía sin ser Picasso, ni un Ferrari… ¿Yo religiosa? Imposible… Con este genio que tengo, con lo egoísta que soy, con lo que me cuesta confesarme… ¡Qué sería de mí todo el día rezando! ¡Con lo que me cuesta! Pero cada vez me costaba más encontrar felicidad fuera de Dios: la televisión me aburría, por mucha ropa que me comprase nunca quedaba satisfecha, cuando conseguí licenciarme en Psicología me horrorizaba sentir que iba a jugar a ser Dios… a hacer ciencia de las almas.

Nunca olvidaré la primera vez que visité un convento, fue el Carmelo de la Aldehuela en Madrid, donde está enterrada Santa Maravillas de Jesús madrina de la Orden y Mandato, que ayudó a nuestro fundador en un momento muy difícil de su vida. ¡Pero si las monjas se ríen! ¡Hablan… y sin despegar los pies del suelo! ¡¡¡Son como yo… NORMALES!!! Me sentía en el cielo por la felicidad que respiraba… y eso me asustaba.

Todavía pasaron varios años en que me dediqué a ponerle a Dios excusas de todo tipo, pero el deseo de que lo único que existiera en mi vida fuese Él crecía sin que por más que lo intentaba fuese capaz de callarlo. Yo ya tengo bastante con lo que hago, pensaba, y la Orden y Mandato es un movimiento de laicos… esta es mi vocación, lo tengo claro.

Hacer cosas: papeles, ordenadores, catequesis,… la mente siempre ocupada era mi mejor defensa contra la vocación que asomaba. Mas el día en que Miguel nos dio a conocer que se abría dentro de la casa de la “Orden y Mandato” una habitación para la vida consagrada no era capaz de imaginar mi vida en otro lugar. ¡Es Dios, y me llama a mí después de todas las veces que le he traicionado! ¡Me sentía como Pedro cuando el Señor pasó junto a su barca!

La gracia de la vocación despertó a mi alrededor un viento huracanado… ¡el ciclón en mi familia todavía no ha pasado! “Dios no puede hacernos esto -decían mis padres- después de todo lo que por ti hemos luchado…” Han pasado cuatro años y todavía no comprenden que la vocación no es una desgracia sino un regalo; que Dios no me ha secuestrado sino tan solo enamorado…

Y el amor crece cada día; y cada día en el Reglar descubro un poco más la grandeza de mi Amado… No soy Picasso, pero he aprendido a amar la oración como el mejor servicio a tantas almas que de ella se han alejado. Sigo sin sentirme un Ferrari, más bien un coche destartalado que cada semana necesita repararse en el confesionario… Pero soy feliz; en el Reglar el Señor me ha confiado el Primiciado, es decir, a las vocaciones recién llegadas y sueño con saber transmitirles el carisma que desde hace más de quince años me ha hecho tan feliz en la Orden y Mandato: el amar todo lo que Dios ha creado sólo por Amor al Creador, el vivir siempre arropado por la familia de los hijos de Dios que es la Iglesia, el luchar cada día con escudo y espada contra el pecado para gritar con nuestro patrón el Arcángel San Miguel… ¡Quién Como Dios! ¡Como la voluntad de Dios no hay nada! La Santa Obediencia por bandera para guardar la Castidad desde el corazón y con la Pobreza de mi torpe corazón vivir en Fidelidad a Jesucristo en su Iglesia como lo enseñó y practicó nuestra Madre la Inmaculada Concepción… ¡Ni un Ferrari camina mejor que una sandalia de Cristo! ¡Ningún pintor dibujó nada más bello que la Creación!… ¡Quién como Dios!